Episodio 5 · La Historia de Moisés
Capítulo 7: El Desmoronamiento
Chapter 7: El Desmoronamiento
Moisés levantó su cayado sobre el Nilo. El agua se estremeció — luego se convirtió en sangre.
Había comenzado.
Ranas invadieron desde los ríos — en las camas, en los hornos, en las bocas de los niños dormidos. Mosquitos se elevaron del polvo como nubes vivientes. Moscas ennegrecieron el cielo. El ganado se desplomó en los campos, sus cuerpos hinchándose bajo el sol. Llagas se abrieron en la piel de ricos y pobres por igual. Granizo cayó como puños desde el cielo. Langostas devoraron lo que el granizo había perdonado.
Egipto se estaba desmoronando. Y Moisés lo observaba suceder.
Caminó por Menfis después del granizo. Una madre egipcia estaba arrodillada en la calle, acunando una cabra muerta — la única leche de su familia. Levantó la mirada hacia Moisés con ojos que no comprendían. Él quería explicar. Quería disculparse.
Siguió caminando. Entonces pensó "¿Cuánto más, Señor? ¿Cuánto más hasta que sea suficiente?"
Pero Ramsés no cedía. Cada plaga lo endurecía más. Sus consejeros le rogaban que liberara a los hebreos. Se negó. Su orgullo era más fuerte que los gritos de su pueblo.
Entonces vino la oscuridad.
No era noche. Algo más profundo. Una negrura que presionaba contra la piel como tela mojada. Durante tres días, nadie se movió. Nadie habló.
En la tercera noche, Ramsés mandó llamarlo. Sin sala del trono. Sin guardias. Solo una pequeña cámara. Dos hombres que no podían ver el rostro del otro.
RAMSÉS“¿Cuánto más, Moisés? ¿Cuánto más hasta que hayas tenido tu venganza?”
MOISÉS“Esto nunca fue venganza. Ojalá pudieras creerlo.”
Silencio. Luego la voz de Ramsés de nuevo — quebrada, despojada.
RAMSÉS“Haz que pare. Por favor.”
Por un instante, Moisés escuchó a su hermano. Al verdadero. Todavía enterrado bajo todo ese orgullo.
Pero cuando la luz regresó, el corazón de Faraón era piedra de nuevo. Le dijo a Moisés que se fuera. Dijo que la próxima vez que se encontraran, uno de ellos moriría.
Moisés caminó hacia la luz del sol. Sabía lo que vendría después. Dios se lo había dicho.
Cayó de rodillas en la arena y suplicó que hubiera otra manera.